¿Sabes? Yo rondaba los cincuenta cuando por fin comprendí a Tolstòi. ¿Has leído la Sonata de Kreutzer, su obra maestra? En ella hablaba de los celos, quizás porque el mismo era de carácter tortuosamente sensual y celoso, pero eso no es lo esencial. Los celos no son más que una forma innoble y miserable de orgullo. Sí, también conozco ese sentimiento…lo conozco bien. Casi me mata. Pero ya no soy celoso, ¿Comprendes?.¿Me crees? Mírame a la cara. No, viejo amigo, ya no soy celoso porque he conseguido superar el orgullo, aunque a costa de un esfuerzo enorme. Tolstoi estaba convencido de que existía un remedio y reservó para las mujeres un destino casi animal: traer hijos al mundo y vestir todas como monjas. Una solución monstruosa y enfermiza. Aunque la solución que convierte a una mujer en un llamativo objeto de decoración en una obra de arte cargada de sensualidad, también es inhumana y morbosa. ¿Cómo voy a respetar a alguien, como voy a entregarle mis sentimientos y mis pensamientos a una persona que desde que se levanta hasta que se acuesta no hace más que cambiarse de ropa y emperifollarse para resultar más atractiva? Ella dice que con sus plumas, sus pieles y sus fragancias no pretende gustar a nadie más que a mí… pero no es cierto. Quiere gustar a todos, quiere que su presencia suscite una intensa y persistente excitación en el sistema nervioso de todos los individuos de sexo masculino. Vivimos así. En cines, calles, teatros, cafés, restaurantes, playas, montañas… en todas partes notarás esa agitación malsana, enfermiza. ¿Tú crees que la naturaleza necesita todo eso? ¡Ni mucho menos! Eso solo lo necesita un sistema productivo y un ordenamiento social en el que la mujer se considera a sí misma una mercancía.
Sandor Marai
La Mujer Justa
P. 207-208