martes, 30 de junio de 2009

Extracto de la Mujer Justa

¿Sabes? Yo rondaba los cincuenta cuando por fin comprendí a Tolstòi. ¿Has leído la Sonata de Kreutzer, su obra maestra? En ella hablaba de los celos, quizás porque el mismo era de carácter tortuosamente sensual y celoso, pero eso no es lo esencial. Los celos no son más que una forma innoble y miserable de orgullo. Sí, también conozco ese sentimiento…lo conozco bien. Casi me mata. Pero ya no soy celoso, ¿Comprendes?.¿Me crees? Mírame a la cara. No, viejo amigo, ya no soy celoso porque he conseguido superar el orgullo, aunque a costa de un esfuerzo enorme. Tolstoi estaba convencido de que existía un remedio y reservó para las mujeres un destino casi animal: traer hijos al mundo y vestir todas como monjas. Una solución monstruosa y enfermiza. Aunque la solución que convierte a una mujer en un llamativo objeto de decoración en una obra de arte cargada de sensualidad, también es inhumana y morbosa. ¿Cómo voy a respetar a alguien, como voy a entregarle mis sentimientos y mis pensamientos a una persona que desde que se levanta hasta que se acuesta no hace más que cambiarse de ropa y emperifollarse para resultar más atractiva? Ella dice que con sus plumas, sus pieles y sus fragancias no pretende gustar a nadie más que a mí… pero no es cierto. Quiere gustar a todos, quiere que su presencia suscite una intensa y persistente excitación en el sistema nervioso de todos los individuos de sexo masculino. Vivimos así. En cines, calles, teatros, cafés, restaurantes, playas, montañas… en todas partes notarás esa agitación malsana, enfermiza. ¿Tú crees que la naturaleza necesita todo eso? ¡Ni mucho menos! Eso solo lo necesita un sistema productivo y un ordenamiento social en el que la mujer se considera a sí misma una mercancía.

Sandor Marai

La Mujer Justa

P. 207-208

martes, 16 de junio de 2009

Sobre la burguesía

Pero a sonreír no aprendí nunca. Se ve que para eso hace falta algo más, tal vez que tus abuelos ya supieran sonreír. Era un detalle que odiaba con toda mi alma, tanto como la parodia del camisón… Si, odiaba su sonrisa. Porque cuando le tomaba el pelo en la cama…fingiendo que estaba a gusto con él… seguro él se daba cuenta, pero él en vez de coger un puñal y apuñalarme, sonreía. Estaba sentado en la enorme cama de matrimonio despeinado, musculoso, atlético, porque hacía mucho deporte, con ese leve olor a heno, y me miraba con una mirada fija y vidriosa. Y sonreía. A mí me entraban ganas de llorar de la rabia, la impotencia y la tristeza que sentía.
Estoy segura que cuando encontró su casa destruida por las bombas o después, cuando le quitaron la fabrica y toda su fortuna también sonrió de esa manera.
Ésa es una de las mayores crueldades del ser humano, esa sonrisa extraña, distinta, la sonrisa de los señores. Es el verdadero pecado de los ricos. Una cosa así no se puede perdonar…Porque puedo entender que alguien robe o mate cuando lo atacan. ¡Pero si se queda quieto y sonríe en silencio entonces ya no se sabe qué hacer con él! A veces sentía que ni el peor castigo del mundo habría sido suficiente, que todo lo que yo, una mujer salida de un agujero y encontrada en la calle, podía hacer contra él era poco. Todo lo que el mundo podía hacer contra él, contra sus propiedades, su fortuna y todo lo que le importaba, era poco…Había que quitarle esa sonrisa. ¿Ni siquiera son capaces de eso, los famosos revolucionarios? Porque, de alguna forma, las acciones y las piedras preciosas siempre vuelven a las manos de los señores, incluso después de haberlo perdido todo. Incluso cuando esos verdaderos ricos se quedan desnudos como gusanos, les sigue quedando un patrimonio misterioso que no puede quitarles ninguna fuerza terrenal… Sí, cuando un verdadero rico que ha tenido cincuenta mil hectáreas de tierra o una fábrica en la que trabajaban dos mil personas se queda sin nada… sigue siendo a pesar de todo más rico que la gente como tú o como yo cuando nos van bien las cosas.
¿Cómo lo hacen? No lo sé. Mira yo he vivido en nuestro país en una época que no era nada favorable para los ricos. Todo y todos conspiraban contra ellos, ejecutaron con mucha cautela ciertos planes minuciosos para quitarles absolutamente todo…primero la fortuna visible… y luego con mucha astucia, también la fortuna invisible. Y al final, ellos seguían viviendo mejor que nadie.


Texto tomado de la Novela: La mujer Justa p.322-323 de Sandor Marai