miércoles, 22 de julio de 2009

Más sobre "La mujer justa"

Volví a meter la notificación del banco en el sobre, lo pegue con cuidado y lo deje donde Judit pudiera verlo. De mi descubrimiento no dije una palabra, pero en aquel momento empezó para mí una nueva variedad de celos. Yo vivía con una mujer que tenía un secreto. Igual que esas mujeres maliciosas que en el almuerzo, mientras conversan cordialmente con sus familiares y seres queridos, que confían en ellas mientras aceptan sacrificios y regalos de un hombre que cree en su honestidad, están pensando en la cita que tienen esa tarde, cuando suban a hurtadillas al piso de un desconocido y durante unas horas arrojen al fango los sentimientos humanos traicionando a aquellos que las mantienen y les dan su confianza. Debes saber que soy un hombre chapado a la antigua y siento un infinito desprecio por las mujeres que cometen adulterio. Mi desprecio es tan profundo que no puede atenuarlo ninguno de los argumentos que ahora están de moda. Nadie tiene derecho a la aventura equivoca, sucia y soez que esas mujeres llaman felicidad, una felicidad obtenida a costa de ofender, en secreto o abiertamente, los sentimientos de otras personas… Yo mismo he sido autor de tales vilezas y también víctima, y si hay algo en mi vida de lo que me avergüenzo y me arrepiento profundamente es de haber roto un matrimonio. En lo que a sexualidad se refiere, puedo comprender todo tipo de aberraciones, puedo comprender que alguien se sumerja en las medrosas profundidades del deseo carnal y comprendo también las delirantes y grotescas formas de la pasión… El deseo nos habla en mil lenguas diferentes. Todo eso hay que tenerlo en cuenta. Pero solo las personas libres pueden arrojarse a aguas tan profundas y revueltas… Todo lo demás es un vil engaño, peor aun que la crueldad deliberada.
Dos personas que significan algo la una para la otra no pueden vivir guardando un secreto en el corazón. En eso consiste la traición. Lo demás ya no tiene importancia…son cosas del cuerpo, en la mayoría de los casos, un triste jadeo, nada más; amores calculados en lugares prefijados, amores por horas, carentes de espontaneidad… ¡qué tristes, qué mezquinos! y detrás de todo hay un secreto canalla que infecta la convivencia, como si en alguna parte de la bonita casa, quizá bajo el canapé, hubiese un cadáver en descomposición.

Pag. 257-258. La Mujer Justa

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